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lunes, 14 de febrero de 2011

EL AMOR




                                                                                                                       A mi Pato


A ambos les pesaban los pies. Habían levantado demasiadas piedras buscando el tesoro prometido, que no existía. Por eso se amaron con urgencia desesperada, con desgarro. Las manos temblaron, la torpeza, impaciente, como es ella, se había apoderado del acto. Era su reino. La urgencia la tornó violenta, no podían de otra forma, no sabían hacerlo, era la primera embriaguez. Se golpearon, se derritieron para mezclarse y formar el caos original, la playa los miró atónita, pensaba que su furia creadora era la más transformadora, pero no, se sintió defraudada, ellos eran el origen. Eran los padres de los bosques, de los alacranes y de la fuerza gravitacional que movía los ríos hasta ella. La orgullosa de la naturaleza quedó muda, absorta, desesperanzada. Se dio cuenta de que la fuerza que los ríos, que desesperados llegaban, no iban hacia ella, sino que seguían su naturaleza. Tonta, ella, ilusa.

Uniones vanas hubo muchas antes, pero esta sensación de amar demasiado, tanto que se requiere del dolor para hacerla soportable, era nueva, en esto eran principiantes. Perdidos, el jadeo se hizo compulsivo, invadió todos los rincones del dormitorio gigante, los pájaros adultos volaron de sus nidos quietos, espantados por la catástrofe. Los pájaros niño se quedaron riendo, sus progenitores nunca comprenderían que ese escándalo era el que les había hecho nacer y cantaron por primera vez, algunos intentaron volar antes de tiempo y cayeron felices a la muerte, a sabiendas de que otros muchos, como ellos, vendrían después.

El macho recio del mar, miró envidioso.

Ellos eran todos los seres al mismo tiempo, pulpos enlazados, marañas de líquenes, fieras arañándose, koalas trepando un árbol vivo, eran la vida.
Así, se amaron y crearon el mundo, de ellos nada más se supo. Unos dicen que son Adán y Eva, yo no creo, porque sé que anónimamente, viven entre nosotros.





jueves, 10 de febrero de 2011

La Guinda de la Torta

El taco alto me va matando de a poco, pero endurece las piernas. Esto de ser puta requiere de trabajo arduo. Suena el teléfono, respondo lo mismo, anoto lo mismo y me despido de la misma forma. Voy al baño. Me levanto lenta, la falta ahora plagada de brillos, bajos las medias caladas, los calzones caros y me miro el culo al espejo, "por este me deberían pagar mínimo 100", me digo riendo. Salgo del baño, entrando al bar, hay un ambiente caluroso y húmedo que me excita. Soy la guinda de la torta.  Entro suave, sádica, sabiéndome la más caliente y experimentada, me siento en la barra cruzando las piernas suavecito, pero con fuerza para estimularme. Levanto la mano y el barman, decodifica mi pedido, algo fresco, él me sonríe, me conoce, sabe que soy la serpiente, sabe qué darme, sabe que mis fines reproductivos son lo que valen mis besos. Suena el teléfono, respondo lo mismo, pero con otra voz, anoto lo mismo y me despido agitada. Doy el primer sorbo, sé que alguien se acerca. Me vuelvo antes que traspase mi distancia proxémica pre-coital y le pregunto qué quiere, que cuanto, que vamos, que todo, pero que los mandamientos, los escribo yo. Suena el teléfono, respondo lo mismo con voz sensual, anoto, me despido y solicito que vuelva a llamar. Lo monto sin preámbulo, le doy con fuerza toda mi violencia, alguien toca mi hombro. Son las 6. Casi todos se han ido. Avergonzada me levanto del escritorio y salgo a la calle para tomar la micro. En casa, mi madre me espera con la once servida. La miro y me veo, con todo el absurdo de la no-vida. Esa especie somnolencia con la que nos paseamos por la existencia. Arriba, mi hermano canta "ni dios, ni dios, ni aamo" y tiene razón.

                                      

viernes, 4 de febrero de 2011

No llorarás

No llores sobre tu leche derramada en mi
que tus lágrimas hipócritas
pueden rodar hasta las copas de tu casa
y ser bebidas en la cena, por tus hijos

Por las calles,
el mordente químico de tu llanto
podría corroer el camino que sigues
hasta mi vagina
y hacer pública,
nuestra historia de bestias deseantes.

Otra opción
sería lamer la dichosa lágrima
y escupírtela en la cara
para que no vuelvas                           erecto
cerrando las cortinas de la cobardía

y una última posiblidad,
hacer la mezcla de tu lágrima con mi fluido desenamorado
te la inyecto una noche cualquiera
y te mueres, así de simple, en mi cama.